Cuba: La Isla bonita / Diciembre 2014
Han pasado ya seis días desde que regresé de Cuba. Conocer este país fue una hermosa aventura. Fue un viaje sin mucha planificación ni preparativos. Con paz en mi corazón y sin demasiada expectativa, Dios proveyó todo para viajar. En la madrugada del ocho de diciembre, tomé un vuelo de dos horas hacia Panamá, mi primera conexión. En cuestión de una hora hice cambio de avión y en dos horas más estuve aterrizando en la Habana. Mientras estaba en el avión y llenaba los papelitos de migración, contaba con mis dedos y escribía “dieciséis” en el espacio de días de estadía en el país. Dieciséis días de llevar mi relación con Dios a tierras nuevas.
Ni bien llegando al aeropuerto de la Habana, ya Dios tenía mi primera lección preparada. Al parecer en estos días, haber estado hace dos años en África, no es algo bueno en el tránsito internacional. Aunque no haya sido reciente, me retuvieron casi una hora, haciéndome mil preguntas adicionales y revisando mi equipaje. Aunque no fue cosa del otro mundo, me sentí bastante ansiosa y ese sentimiento de inseguridad de estar lejos de casa y sin nadie conocido alrededor, me invadió sorpresivamente. Al parecer unas cuantas biblias, material cristiano y el hecho que finalmente me identifiqué como cristiana, no le molestó al oficial, ni fue motivo para hacer mayor problema. Al final, desistió y me dejó entrar.
Afuera me esperaba el pastor Luis y su yerno Manolis, quienes me llevaron a Sancti Spiritus en el centro de la Isla, donde pasé mis primeros días. En la noche conocí al grupo de jóvenes organizadores del Congreso en que estaría compartiendo en pocos días. Estaban ensayando canciones para uno de los días del congreso. Enseguida me preguntaron que si cantaba, y yo les dije que sí, en el baño. Se rieron y me dieron un micrófono. Sin más, estuve ensayando con ellos, las noches siguientes.
Ese primer día me sentía, como es normal, fuera de lugar. Aunque las personas sean muy amigables, siempre tardo en coger confianza. Al siguiente día, Dios tenía una palabra para mí en mi devocional, que decía así: “¿Estás dispuesto a perder una extremidad por mí? Si por ahí es por donde yo te quiero llevar, es el lugar más seguro por el cual transitar”. Y bang! directo al corazón. La palabra que necesitaba para darme libertad de sentirme en confianza. Si Dios estaba conmigo, Cuba era el mejor lugar para estar esos días.
Sin duda puedo decir, que una de las cosas más lindas que pude experimentar en Cuba, fue la presencia de mi Padre acompañándome en todo momento, nunca más me sentí sola ni fuera de lugar. El no tener mucha gente con quien hablar en un lugar extraño (y la escasez de tecnología e internet), da la oportunidad de hablar más con Dios. Pude experimentar como mis oraciones se intensificaban. Pude poner en práctica algo que Julieta, mi mentora, me ha enseñado en misiones, el orar por una necesidad a penas sepamos de ella. Las peticiones fueron diarias. Pude clamar a Dios por Cuba, desde el mismo país. Constantemente Dios me llevaba también a elevar oraciones por otras naciones. Si Dios me hubiera llevado a Cuba solo para orar, hubiera estado más que satisfecha.
Sancti Spiritus, como la mayoría de lugares que estuve, es una ciudad pequeña con edificaciones antiguas. Sus calles angostas, carros antiguos, muchas personas caminando y otras en bicicletas. Lo más peculiar para mí, fueron los coches tirados por caballos y la destreza con que los cocheros los manejaban (no conozco el término correcto para esto). Los cubanos, pienso yo, son personas que han aprendido a sonreír y ser felices con lo que tienen. Es gente muy alegre, talentosa, creativa con un alto valor en la comunidad. Su comida es muy, muy rica, aunque muy alta en grasa. El café en taza miniatura es tradicional y se toma todos los días las veces que se apetezca. El clima estuvo cálido los primeros días, parecido al de Guayaquil, hasta que un frente frío entró a la isla, y bajó la temperatura hasta 12 grados centígrados. Este cambio brusco de clima afectó mi garganta y rápido pesqué un resfriado que me duró hasta el último día en Cuba. Por otro lado, mi espalda no me dio problemas, y eso realmente fue algo milagroso.
Fueron tres días antes del congreso que pude compartir con Oscar, pastor principal de Cristo Centro y su hermosa familia, con Edgardo de Argentina y Pierre de Canadá. Nos llevaron a conocer una finca que tiene el ministerio que les ayuda en el sustento de sus misioneros nacionales. Oramos por el lugar y los trabajadores, para que haya buena producción siempre.
Después de cuatro días en Sancti Spiritus, tomamos una guagua (bus) y viajamos una hora hasta Jatibonico, para el Congreso de jóvenes. Fue un fin de semana que pude a más de compartir un tema, aprender de los demás conferencistas, la mayoría cubanos. El tema que compartí fue sobre misiones. Vistiendo mi camiseta de la selección ecuatoriana de fútbol, le compartí a la juventud cubana nuestra barra mundialista “Si se puede”. Y con esta verdad, les animaba a soñar y esperar en Dios, que muy pronto cubanos podrán salir a las naciones como misioneros. Uno de los jóvenes, al terminar mi tema, oró pidiendo perdón por desaprovechar oportunidades de compartir el evangelio con el gran número de musulmanes que viven en Cuba, estudiando en las universidades.
Luego del Congreso, una de las hermanas de la iglesia en Sancti Spiritus que había asistido al congreso, invitó a su vecino musulmán y otros amigos a su casa para cenar. Invitó al pastor de la iglesia y otros hermanos, entre ellos yo. Compartimos la mesa con ellos, dos varones y dos mujeres, estudiantes de medicina, una de ellas cristiana. Ella estaba muy contenta y agradecida que hubiéramos hecho este acercamiento y haberles compartido sobre nuestra fe aquella noche. Ellos se sentían muy contentos de compartir la mesa con nosotros, y ofrecieron al siguiente día preparar comida de su país y compartirla con nosotros. Así fue como a la siguiente noche, la conversación con ellos continúo. Nos enseñaron a comer como ellos. A la mesa estaba un canadiense, un argentino, una ecuatoriana, unos cuantos cubanos y tres pakistaníes. Pasamos un hermoso tiempo conociéndonos y terminando la noche con un tchai.
En casa del pastor Oscar, conocí a su cuñada Aimé. Me impactó mucho el trabajo que realiza para alcanzar a los sordomudos. Me enseñó con mucha alegría el material de discipulado que ella misma había realizado. Me contaba cómo comenzó su ministerio y cómo Dios le ha permitido evangelizar y discipular a muchos sordomudos. Estuve de acuerdo con ella cuando me dijo que ellos son como una etnia no alcanzada.
Antes de dejar Sancti Spiritus, Alberto, un joven de la iglesia encargado del departamento de comunicaciones, me hizo una entrevista en video. Pude compartir sobre mi experiencia en Cuba y sobre misiones. Alberto, es un joven muy talentoso y creativo, que con los pocos recursos tecnológicos que existen en Cuba, ha armado un estudio de grabación. Tiene lo básico, una buena cámara, aunque antigua, y una buena computadora para editar. Le falta mucho, pero él confía que poco a poco Dios proveerá, incluso para que pueda él prepararse. Carreras de audiovisuales no existen en Cuba. Me dio el último video que realizó, para podérselo subir a la web desde Ecuador, ya que en Cuba no puede conectarse más allá de dos horas en internet (además que es costoso), y las cargas de estos videos duran más que eso.
Los últimos días en Cuba, viajé para Santa Clara y estuve en casa del pastor Luis compartiendo con su familia misionera. En esta ciudad pude visitar otras obras y acompañar a otra familia misionera y visitar varias casas. Pude observar cómo es la plantación de iglesias en Cuba y cuán ardua, sacrificada y gratificante es la obra misionera. Alabo a Dios, por los misioneros cubanos, que migran con sus familias de un pueblo a otro plantando iglesias. En una noche compartí el mensaje en una de las misiones, afuera de una casa, bajo una tolda de plástico, rodeada de fieles discípulos de Cristo (la iglesia).
Otro día acompañé al pastor Luis a constituir una nueva iglesia a cuatro horas de Santa Clara, en Matanzas. Llegamos a un pequeño pueblo, y nuevamente afuera de una casa, pero ahora sin techo, rodeados de unas cuantas paredes de bloques, se reunían los hermanos del sector. Fue un hermoso tiempo donde juntos alabamos a Dios y meditamos en su Palabra.
Al regreso a Santa Clara, y en mi último domingo en Cuba, participé del bautizo de varios nuevos creyentes, muchos de ellos sirviendo comprometidamente en la iglesia. Fue una hermosa mañana. El día siguiente, el lunes, fue mi último día, y como broche de oro se celebró la navidad en la iglesia con una cena. Compartí un lindo tiempo de compañerismo con mis hermanos cubanos. Fue una noche relajada, de comida abundante y muchas sonrisas.
Fue así como se terminaron mis días en Cuba, con la esperanza de regresar en otra ocasión. Regresé a Guayaquil con rostros y nombres por los cuales orar y con un nuevo amor por este pueblo. Si alguna vez tienen la oportunidad de visitar Cuba, conversen conmigo, podría asesorarles si desean llevar algún tipo de ayuda. Por el momento, les animo a que puedan orar por Cuba. A continuación una lista específica de motivos por los cuales orar:
- Por cambios en política y leyes que favorezcan al pueblo.
- Por mayor libertad religiosa. Apertura para que los cristianos puedan profesar su fe públicamente y contribuir en desarrollo comunitario.
- Puertas abiertas para misioneros que entren o salgan de Cuba.
- Por unidad en el pueblo evangélico.
- Por las iglesias nuevas y misiones, por los cristianos que permanezcan fieles.
- Por Alberto, provisión para departamento de medios y su preparación.
- Por la familia misionera Gálvez en Matanzas.
- Por la familia misionera Tornés en Santa Clara.
- Por el pastor Oscar Arias y su familia, líder de Cristo Centro.
- Por Elizabeth, hija de misioneros, una jovencita que sufre ataques espirituales.
- Por Caridad y su ministerio con universitarios musulmanes.
- Por Aimé y su ministerio con sordomudos.
- Por todas las familias misioneras a lo largo de Cuba.
- Por un despertar en misiones transculturales.
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