Rabanitos y Fracaso

Durante la pandemia que atravesamos este año, yo como muchos, comencé un pequeño huerto casero. Buscando asesoramiento me encontré con algunos videos en YouTube de diferentes huerteros, algunos expertos y otros aficionados, pero todos coincidían que “los rábanos” son una buena opción para principiantes que quieren incursionar en este fascinante mundo. Todos decían que eran uno de los cultivos más fáciles y rápidos para obtener cosecha. En cuestión de 40 días aproximadamente ya iba a comer mis propios rábanos. Conseguí semillas y muy ilusionada empecé mi aventura huertera. En pocos días germinaron las semillas y enseguida noté que los tallos se habían estirado demasiado. Como había visto tantos videos sabía qué había pasado y enseguida me di cuenta del error.

Cuando los rábanos o cualquier semilla germinan, pero en especial los rábanos, deben recibir mucha luz, lo que más puedan. Tenerlos en sombra no es buena opción porque pasa lo que me pasó, los tallos se estiran buscando la poca luz que pueden encontrar. Yo pensé, que en el lugar que los tenía, a media sombra, sería suficiente, pero no fue así. Cuando pasa esto, dicen los experimentados, que es mejor abortar esa tanda y sembrar nuevos rábanos, ósea no perder más tiempo y empezar el proceso de nuevo.

Como buen principiante ilusionada, a mí me dio pena y me rehusaba pensar que esas plantitas que ya estaban formadas, mal formadas, pero formadas al fin y al cabo, tendría que desecharlas. Así que por pena y también por curiosidad, quise dejarlas y experimentar por mi cuenta a ver qué pasaba. Durante 40 días y hasta un poco más, cuidé estos rabanitos, los regué todos los días, y husmeaba cada cuanto, revisando bajo tierra si se iba formando algún bulbito. Y como indicaba la experiencia de otros, ¡pues nada, no engordaron ni un poquito! Hubo uno que medio engordó, pero al final cuando lo probé, resultó demasiado picante. ¡Definitivamente fracasé! ¿Cómo lo tomé? La verdad es que bien. Quise experimentar y eso valió para mí, aunque no obtuve cosecha. Además, como dice el refrán “guerra avisada no mata soldados”. Ya sabía que podía pasar. Los huerteros youtubers me habían adiestrado en tantos videos que miré, que los fracasos en el huerto son muy comunes y no es motivo para desanimarse, mas bien es una oportunidad para aprender de los errores y para volverlo a intentar.

Además, esta experiencia me llevó a pensar que la vida es como el huerto. No es perfecta. No siempre salen las cosas bien o como esperamos. Mientras vivamos en este mundo, nos toca lidiar con nuestra humanidad imperfecta, relaciones imperfectas, familias imperfectas, trabajos imperfectos, comunidades imperfectas, etc., etc. y etc. Para muchas personas, este tema no es un problema, todo lo contrario, lo han abrazado o se han conformado con esta realidad. Estas personas se llaman dualistas, que abrazan tanto el bien como el mal, no se pelean con ninguno, ni aman ni satanizan uno más que al otro. Piensan: “Todo es parte de la vida, es así y si no quieres amargarte la existencia es mejor que lo aceptes”. Se casaron con Chana y con Juana, con el bien y con el mal.

Por otro lado, hay personas muy religiosas, y confieso haber estado allí, que no ven al mal como una opción, que el fracaso es el demonio mismo encarnado. Luchan en la vida por hacer las cosas bien y mantenerse puros todo el tiempo. Su finalidad es la santidad o la perfección y cualquier cosa que se atraviese, lo detestan con lo más profundo de su ser. Su deseo más grande en la vida es experimentar el cielo en la tierra y que nada lo pueda frustrar.

El deseo de llegar a este estado de perfección es legitimo y es la voluntad de Dios. Dios es santo y no hay imperfección en Él. El Reino original que Él diseñó es perfecto y su mayor deseo es que formemos parte de él. Pero resulta que el pecado dañó ese diseño original, afectando a la humanidad y aun a toda la creación. Y es que perfección implica plenitud. Si fuéramos humanos perfectos, tuviéramos plenitud de conocimiento y todo lo haríamos bien, no necesitaríamos tomar clases de nada para aprender algún oficio, ni aprender de los fracasos, porque el éxito estuviera asegurado, todo nos tendría que salir bien. Pero no es así. Dios trabaja hasta hoy para que sea así y los que hemos decidido vivir ese diseño original a través de Cristo, lo vamos experimentando gradualmente y contamos con la esperanza que llegará el día que se dará por completo.

La teología lo define como vida eterna, un Reino que lo vivimos aquí y ahora y por el resto de la eternidad. También la describe como un “ya pero todavía no”. Y yo he hallado, que esta es la mejor manera de vivir por el momento. Sin amar, pero tampoco sin odiar el fracaso. No nos conformamos con el fracaso, pero tampoco lo satanizamos. Si vamos a amar a algo o a alguien que sea a Dios. Pienso que si le damos la importancia que se debe a Dios no tendríamos que darle importancia al fracaso.

El problema del religioso, es que ha desarrollado una fijación al fracaso y se llena de culpa obsesivamente, magnifica el fracaso en vez de magnificar a Dios. No es bueno tampoco llegar al otro extremo, de encariñarnos con el fracaso, valiéndonos del discurso de “aún somos pecadores, perdonados pero pecadores”, haciendo mal uso de la gracia. A más de esto, la Biblia nos dice que el que está en Cristo, cada vez se va pareciendo más a Él, va creciendo en estatura hasta llegar a la del Varón perfecto. Esto me hace una vez más, enfocarme en Jesús y en el carácter que Dios quiere desarrollar en mí.

Esto aplica inclusive a nuestras relaciones y en esas ocasiones que el fracaso no depende de nosotros. El ama de casa querrá tener su casa perfectamente limpia y ordenada pero habrán otros que se interpongan en ello, el bachiller de colegio se graduará y querrá estudiar una carrera en una universidad que tal vez no pueda pagar, una prometedora relación y planes de matrimonio se fracturan por una infidelidad, un pastor querrá tener la iglesia mas unida de todas, pero habrán hermanos conflictivos que lo impedirán, te promocionarían a un puesto en un sucursal internacional y por la pandemia no puedes llegar al destino. Siempre habrá cosas externas que no puedes controlar: personas, catástrofes o simplemente imprevistos que harán fracasar tus planes. No sería mejor poner nuestros esfuerzos en las variables que si podemos controlar, como nuestro carácter y nuestra reacción ante el fracaso.

Sin duda Dios, usa aún el fracaso para moldear nuestro carácter. Pienso que a Dios le tiene sin importancia el fracaso, no es algo que le quite el sueño, mas bien lo usa a nuestro favor. Y así, mientras estemos en este mundo, cada quien lidiará con fracasos internos o externos. Dios me ha enseñado a abrazar, pero no amar al fracaso; tenerlo como amigo, pero no casarme con él. Por sobre todo pedirle ayuda siempre a Él y finalmente no medir mi éxito por cuantos fracasos tengo si no, por cuánto de Cristo tengo desarrollado en mi carácter. A mí, esta perspectiva me cambió la vida, espero que hoy pueda ayudarte a ti también. ¡Hasta la próxima!

 

Comentarios

Entradas populares